Otro sueño. Y van… ya he pedido la cuenta. Y nunca son iguales, aparece el rostro que me sonríe, con serenidad y paz, como imperturbable desde la distancia protectora. Y yo, alargo los brazos para tocarlo y sigue sonriendo inalcanzable.
-Ya estoy aquí- oigo de sus labios las palabras deletreadas suavemente. Y como un fundido de cine desaparece lentamente mientras me agito entre las sábanas intentando darle alcance. Y tropiezo con la realidad, templada y serena. Me abrazo a ella y vuelvo al sueño reparador.
lunes 19 de enero de 2009
miércoles 14 de enero de 2009
Intemperie
Templado por el alcohol que anestesia mis huesos
y adormece mi alma incauta vuelvo sobre mi
una y otra vez. Encadenado a mi caseta,
Así, sin más, a la intemperie de la indiferencia.
A cada paso, hasta que la asfixia me aprieta la garganta
se tambalean mis pensamientos y mi estómago se vuelca
en un sinfín de vértigos entre el deseo y el desafecto.
Pero, ¿y tú complacencia? Qué es
sino una forma de mirar
trascendente y alejada
para no contaminarse
de susurros en sueños prohibidos,
de deseos latentes y desesperados.
Todo es un velo de seda que cubre lo que no nos es dado.
y adormece mi alma incauta vuelvo sobre mi
una y otra vez. Encadenado a mi caseta,
Así, sin más, a la intemperie de la indiferencia.
A cada paso, hasta que la asfixia me aprieta la garganta
se tambalean mis pensamientos y mi estómago se vuelca
en un sinfín de vértigos entre el deseo y el desafecto.
Pero, ¿y tú complacencia? Qué es
sino una forma de mirar
trascendente y alejada
para no contaminarse
de susurros en sueños prohibidos,
de deseos latentes y desesperados.
Todo es un velo de seda que cubre lo que no nos es dado.
jueves 8 de enero de 2009
LOS TREINTA METROS
Os envío uno que me sucedió hace veinticinco años. ¿A donde irán cuando cambiemos de hospital?
LOS TREINTA METROS
(Santiago Mosquera)
Era el segundo en poco tiempo. Desde hacía media hora no sabía nada de Marcelo, su compañero cuando había que llevar los cadáveres al sótano. Se habían tenido que repartir el trabajo porque la parca estaba de turno esa fría noche de diciembre.
Ayudó a amortajar el pesado cuerpo y se dispuso a llevar al penúltimo destino al desdichado.
Por los pasillos vacíos lo llevó al ascensor de servicio y pulso el profundo destino. Ya pensaba en el café que le recompusiera del mal cuerpo por la desagradable tarea. Apenas unos segundos en bajar los siete pisos. Todo era automático, el pensamiento, el recorrido habitual, nada nuevo en las sombras del turno de noche.
Salió del ascensor y giró a la derecha sin pensarlo. Cincuenta pasos en la penumbra y la sola idea de acabar pronto.
Aceleró la marcha hasta casi correr empujando la camilla como si fuera una competición. El sudario se agitaba de lado a lado como queriendo desasirse de aquella macabra carrera. Invariablemente igual.
El automatismo y la rutina dejaban al libre albedrío sus pensamientos intensos y reiterados cada vez que bajaba al frigorífico. Había rumores entre el personal de la noche sobre extraños sucesos. Siempre en aquel pasillo, siempre en la noche. Zubiri se acordó de todos ellos en un instante y eso le contrajo las costillas hasta hacerle daño el respirar.
No quería volver la vista atrás bajo ningún concepto. Esta decisión, tomada sobre la marcha, hizo que su corazón latiera más deprisa, más fuerte. Cada pálpito agolpaba más y más la sangre en su cabeza hasta sentir ese tambor en las sienes, retumbando una y otra vez.
Contaba los pasos. Cinco metros la muesca roja de la izquierda, doce metros la mancha de humedad a la derecha, quince metros la luminaria. La puerta de la morgue estaba apenas a un suspiro del ascensor de servicio. Como una exhalación pasó bajo la luz.
No quedarían más de diez cuando una sombra pareció cruzarse haciéndole dar un giro que llevó al suelo el pesado cadáver que con un golpe seco se clavó en las baldosas. Apenas una décima después sonó el chasquido del cráneo roto.
No detuvo la carrera. La pisada de su zapato izquierdo rompiendo las costillas del muerto quedó marcada sobre el sudario de plástico blanco. El desequilibrio le hizo dar de bruces contra la pared con la cara. Otra muesca en el pasillo.
Saltó como un gato enfebrecido y alcanzó en dos pasos la esquina, que dobló hacia las escaleras, dejando atrás la morgue y su silencio aterrador. Llegó al despacho del supervisor que, viendo la televisión, dormitaba con los pies cruzados por encima de la mesa. Abrió sin saludar y con la respiración entrecortada. - ¿Qué pasa Zubiri?- le espetó sin moverse.
- ¡La…la he visto!- respondió sin aliento-. ¡La he visto, te lo juro!
- Estoy harto de decirte que no bajes solo. Tu manía de no hacerme caso y los solysombras que te hincas van a echarte a perder.
- Si no me crees… ¡Ven conmigo!
El supervisor, Herrero “el bicho”, hizo una mueca despectiva. Maldita la gana que tenía de moverse a las dos de la mañana, ¡y menos al sótano! Levantó las piernas con parsimonia y echó su brazo sobre los hombros del nervioso camillero.
- ¡Bien, bajemos y veámosla!
Todavía tembloroso recorrió el pasillo central hasta la escalera más próxima. No era la que había utilizado para subir y estaba frente a los ascensores por los que había bajado el cadáver. Eso aumentó su inquietud hasta el punto de arrastrar los pies hasta casi dejarlo inmóvil. “El bicho” tiraba de él mientras su paciencia se diluía en bufidos a través de su cara de enfado.
- ¡Me estás hartando con tantas bobadas Zubiri!, le dijo mientras éste se aferraba inútilmente al gastado pasamanos.
Salieron al pasillo del sótano y al girar vieron, en la penumbra del pasillo, solo las luces tenues que titilando parpadeaban simulando un guiño que invitaba a no acercarse. A pesar de la oscuridad, con pasos cortos, se adentraron hasta la zona. Miraron la luminaria del techo y vieron uno de los tubos que se apagaba con un sonido de chisporroteo.
Continuaron varios metros, miraron hacia adelante. El camino a la morgue estaba expedito. No había camilla, cadáver, ni sombras sospechosas. Herrero que miró amenazante al camillero, y sin mediar palabra volvió la cabeza al camino andado, se giró e inició el regreso.
No había retrocedido diez metros cuando detrás sonó un golpe seco. "El bicho" quedó paralizado mientras un sudor frío le caía por las sienes. No quería volverse pero sacó fuerza para hacerlo. No había rastro de Zubiri, sólo la puerta de luz, sólo un parpadeo que le invitaba a pasar al otro lado. Nada más se supo de ellos dos.
- Y así acaba la historia. Tres de los que nunca más se supo.
Sonó el teléfono y el supervisor finalizó con un – de acuerdo, ¡ahora vamos!-.
- ¡Martínez, en la séptima hay uno esperando! - dijo el supervisor de noche, fijando la mirada en los aterrados ojos del camillero novato – .
LOS TREINTA METROS
(Santiago Mosquera)
Era el segundo en poco tiempo. Desde hacía media hora no sabía nada de Marcelo, su compañero cuando había que llevar los cadáveres al sótano. Se habían tenido que repartir el trabajo porque la parca estaba de turno esa fría noche de diciembre.
Ayudó a amortajar el pesado cuerpo y se dispuso a llevar al penúltimo destino al desdichado.
Por los pasillos vacíos lo llevó al ascensor de servicio y pulso el profundo destino. Ya pensaba en el café que le recompusiera del mal cuerpo por la desagradable tarea. Apenas unos segundos en bajar los siete pisos. Todo era automático, el pensamiento, el recorrido habitual, nada nuevo en las sombras del turno de noche.
Salió del ascensor y giró a la derecha sin pensarlo. Cincuenta pasos en la penumbra y la sola idea de acabar pronto.
Aceleró la marcha hasta casi correr empujando la camilla como si fuera una competición. El sudario se agitaba de lado a lado como queriendo desasirse de aquella macabra carrera. Invariablemente igual.
El automatismo y la rutina dejaban al libre albedrío sus pensamientos intensos y reiterados cada vez que bajaba al frigorífico. Había rumores entre el personal de la noche sobre extraños sucesos. Siempre en aquel pasillo, siempre en la noche. Zubiri se acordó de todos ellos en un instante y eso le contrajo las costillas hasta hacerle daño el respirar.
No quería volver la vista atrás bajo ningún concepto. Esta decisión, tomada sobre la marcha, hizo que su corazón latiera más deprisa, más fuerte. Cada pálpito agolpaba más y más la sangre en su cabeza hasta sentir ese tambor en las sienes, retumbando una y otra vez.
Contaba los pasos. Cinco metros la muesca roja de la izquierda, doce metros la mancha de humedad a la derecha, quince metros la luminaria. La puerta de la morgue estaba apenas a un suspiro del ascensor de servicio. Como una exhalación pasó bajo la luz.
No quedarían más de diez cuando una sombra pareció cruzarse haciéndole dar un giro que llevó al suelo el pesado cadáver que con un golpe seco se clavó en las baldosas. Apenas una décima después sonó el chasquido del cráneo roto.
No detuvo la carrera. La pisada de su zapato izquierdo rompiendo las costillas del muerto quedó marcada sobre el sudario de plástico blanco. El desequilibrio le hizo dar de bruces contra la pared con la cara. Otra muesca en el pasillo.
Saltó como un gato enfebrecido y alcanzó en dos pasos la esquina, que dobló hacia las escaleras, dejando atrás la morgue y su silencio aterrador. Llegó al despacho del supervisor que, viendo la televisión, dormitaba con los pies cruzados por encima de la mesa. Abrió sin saludar y con la respiración entrecortada. - ¿Qué pasa Zubiri?- le espetó sin moverse.
- ¡La…la he visto!- respondió sin aliento-. ¡La he visto, te lo juro!
- Estoy harto de decirte que no bajes solo. Tu manía de no hacerme caso y los solysombras que te hincas van a echarte a perder.
- Si no me crees… ¡Ven conmigo!
El supervisor, Herrero “el bicho”, hizo una mueca despectiva. Maldita la gana que tenía de moverse a las dos de la mañana, ¡y menos al sótano! Levantó las piernas con parsimonia y echó su brazo sobre los hombros del nervioso camillero.
- ¡Bien, bajemos y veámosla!
Todavía tembloroso recorrió el pasillo central hasta la escalera más próxima. No era la que había utilizado para subir y estaba frente a los ascensores por los que había bajado el cadáver. Eso aumentó su inquietud hasta el punto de arrastrar los pies hasta casi dejarlo inmóvil. “El bicho” tiraba de él mientras su paciencia se diluía en bufidos a través de su cara de enfado.
- ¡Me estás hartando con tantas bobadas Zubiri!, le dijo mientras éste se aferraba inútilmente al gastado pasamanos.
Salieron al pasillo del sótano y al girar vieron, en la penumbra del pasillo, solo las luces tenues que titilando parpadeaban simulando un guiño que invitaba a no acercarse. A pesar de la oscuridad, con pasos cortos, se adentraron hasta la zona. Miraron la luminaria del techo y vieron uno de los tubos que se apagaba con un sonido de chisporroteo.
Continuaron varios metros, miraron hacia adelante. El camino a la morgue estaba expedito. No había camilla, cadáver, ni sombras sospechosas. Herrero que miró amenazante al camillero, y sin mediar palabra volvió la cabeza al camino andado, se giró e inició el regreso.
No había retrocedido diez metros cuando detrás sonó un golpe seco. "El bicho" quedó paralizado mientras un sudor frío le caía por las sienes. No quería volverse pero sacó fuerza para hacerlo. No había rastro de Zubiri, sólo la puerta de luz, sólo un parpadeo que le invitaba a pasar al otro lado. Nada más se supo de ellos dos.
- Y así acaba la historia. Tres de los que nunca más se supo.
Sonó el teléfono y el supervisor finalizó con un – de acuerdo, ¡ahora vamos!-.
- ¡Martínez, en la séptima hay uno esperando! - dijo el supervisor de noche, fijando la mirada en los aterrados ojos del camillero novato – .
lunes 15 de diciembre de 2008
La Muerte Detrás de las Petunias
Serían más de las ocho. Aquella tarde estaba resultandole extraña, aunque igual a otras muchas que había pasado tras el mostrador.

Entretenía su tiempo pasando páginas de un viejo libro. Lo había releído muchas veces, demasiadas según le estaba pareciendo en esta ocasión. Las pastas estaban despeluchadas por los bordes, de tantos roces sobre la ruda estantería, y el lomo tenía las letras desgastadas. El tiempo había transformado el oro en cuero, como por arte de una alquimia inversa donde el oro se transforma en innoble de tanto sobarlo.
.. la cruda realidad deja los rostros surcados de heridas del sentimiento..- leía sobre un párrafo que parecía encadenarle y no le dejaba pasar a otro que seguramente sería una inflexión. O eso pensaba ella, obsesionada por la imagen de aquel joven que salió despedido por el golpe de la furgoneta de la floristería, justo diez metros antes de pararse en su tienda.
Aquella mañana había presenciado el accidente y desde entonces se encontraba ausente, la vida le parecía realmente pequeña, insignificante frente a la muerte, a la eternidad de la nada.
Los conceptos y enseñanzas que había aprendido en el colegio de monjas de su infancia no aparecían por ningún sitio. No pensó en la vida eterna, ni en la salvación del alma del joven, ni siquiera si fué pecador o santo. Simplemente pensó en ella misma, en que había hecho los últimos cinco años, desde que salió del instituto y había dejado la casa de sus padres para ir a la Universidad.
Llevaba en la tienda apenas tres semanas. Era el sexto empleo que tuvo desde que salió de su casa. El único que le estaba permitiendo leer sobre el mostrador. Será porque el negocio de las flores no estaba en auge en aquellos momentos. Ya ni los muertos se merecían un ramo.
Entretenía su tiempo pasando páginas de un viejo libro. Lo había releído muchas veces, demasiadas según le estaba pareciendo en esta ocasión. Las pastas estaban despeluchadas por los bordes, de tantos roces sobre la ruda estantería, y el lomo tenía las letras desgastadas. El tiempo había transformado el oro en cuero, como por arte de una alquimia inversa donde el oro se transforma en innoble de tanto sobarlo.
.. la cruda realidad deja los rostros surcados de heridas del sentimiento..- leía sobre un párrafo que parecía encadenarle y no le dejaba pasar a otro que seguramente sería una inflexión. O eso pensaba ella, obsesionada por la imagen de aquel joven que salió despedido por el golpe de la furgoneta de la floristería, justo diez metros antes de pararse en su tienda.
Aquella mañana había presenciado el accidente y desde entonces se encontraba ausente, la vida le parecía realmente pequeña, insignificante frente a la muerte, a la eternidad de la nada.
Los conceptos y enseñanzas que había aprendido en el colegio de monjas de su infancia no aparecían por ningún sitio. No pensó en la vida eterna, ni en la salvación del alma del joven, ni siquiera si fué pecador o santo. Simplemente pensó en ella misma, en que había hecho los últimos cinco años, desde que salió del instituto y había dejado la casa de sus padres para ir a la Universidad.
Llevaba en la tienda apenas tres semanas. Era el sexto empleo que tuvo desde que salió de su casa. El único que le estaba permitiendo leer sobre el mostrador. Será porque el negocio de las flores no estaba en auge en aquellos momentos. Ya ni los muertos se merecían un ramo.
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07:35
martes 17 de junio de 2008
El Linchamiento de Fermín
Daba órdenes a un grupo indisciplinado. En aparente desorganización cada ordenado cumplía entre dientes lo que le mandaba.
Daba órdenes sobre la marcha, moviéndose nerviosamente de uno a otro lado, con pesados objetos, entre las manos, que manipulaba con destreza.
Daba órdenes sin esbozar una sonrisa y de forma cortante, como los cuchillos que empleaba a veces.
La gente ya estaba cansada. -¡Esto no es la legión!- decían, porque no les gustaba el tono apremiante, ni los comentarios sobre su forma de ejecutar el trabajo.

Un día, cansados de tantas órdenes, los insubordinados decidieron dar un golpe de mano y decidieron decidir sobre la vida del que mandaba.
Abrieron un expediente sumarísimo y condenaron al jefe a ser despedido.
El restaurante, desde entonces, poco a poco dejó de tener clientes. Los pobre subordinados dejaron de ingresar sus nóminas.
Toda la culpa la tuvo el jefe.
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Galería de Personajes
a las
01:58
domingo 15 de junio de 2008
El Intento
Sacamos las manos del trajín y nos miramos a los ojos grandes y dilatados, sus cejas entornadas mostraban una interrogación.
Adivinó la respuesta al instante.
A veces nos ocurría eso, que compartíamos momentos y tareas, de esas en las que el roce hace el cariño. Tocar nuestras manos en la masa aceitosa de una empanada nos erizaba el vello y era una causa de regocijo, de ocuparse en besos y caricias.
Realmente aquello no era algo tan frecuente. Era cierto que tras años de matrimonio el trabajo, los niños... la vida en general, nos llevaba a la monotonía del día a día que no favorecía el encuentro fortuito. Todo era planeado y como un reloj suizo, exacto. Pero, aquel día habíamos tenido un antojo y nos pusimos a hacer una empanada sin tener ni idea.
Una visita a internet y la búsqueda de los ingredientes. La colaboración efímera de los niños y quedarnos sólos ante la tarea. Un sábado como otro, con España en la pantalla que entretenía a los peques y nosotros acariciándonos los dedos enharinados.
Lo cierto es que desde que ella tenía una amante yo le había imitado y poco a poco nuestras caricias fueron siendo más frías, pero hasta el hielo hace la quemadura si se insiste en ello.
Apenas llevábamols diez minutos amasando cuando sucedió.
La mirada fué fugaz pero intensa, y sobre todo, suficiente para nuestros viejos corazones
ardientes, que no olvidaban el fuego de la juventud, que se resistían a entrar en la madurez serena y calculadora. Fué algo más, que no sabría definir, un impulso salvaje y desenfrenado, sin orden y sobre todo de mutuo acuerdo.
No sé. Tal vez hacía tiempo que queríamos hacerlo, pero no veíamos el momento propicio. Corrimos los dos hacia la mesa y con un movimiento certero de muñeca lanzamos nuestros cuchillos preferidos.
Treinta centímetros le atravesaron la carótida.
Yo no tuve tanta suerte.
A veces nos ocurría eso, que compartíamos momentos y tareas, de esas en las que el roce hace el cariño. Tocar nuestras manos en la masa aceitosa de una empanada nos erizaba el vello y era una causa de regocijo, de ocuparse en besos y caricias.
Realmente aquello no era algo tan frecuente. Era cierto que tras años de matrimonio el trabajo, los niños... la vida en general, nos llevaba a la monotonía del día a día que no favorecía el encuentro fortuito. Todo era planeado y como un reloj suizo, exacto. Pero, aquel día habíamos tenido un antojo y nos pusimos a hacer una empanada sin tener ni idea.
Una visita a internet y la búsqueda de los ingredientes. La colaboración efímera de los niños y quedarnos sólos ante la tarea. Un sábado como otro, con España en la pantalla que entretenía a los peques y nosotros acariciándonos los dedos enharinados.
Lo cierto es que desde que ella tenía una amante yo le había imitado y poco a poco nuestras caricias fueron siendo más frías, pero hasta el hielo hace la quemadura si se insiste en ello.
Apenas llevábamols diez minutos amasando cuando sucedió.
La mirada fué fugaz pero intensa, y sobre todo, suficiente para nuestros viejos corazones
ardientes, que no olvidaban el fuego de la juventud, que se resistían a entrar en la madurez serena y calculadora. Fué algo más, que no sabría definir, un impulso salvaje y desenfrenado, sin orden y sobre todo de mutuo acuerdo.No sé. Tal vez hacía tiempo que queríamos hacerlo, pero no veíamos el momento propicio. Corrimos los dos hacia la mesa y con un movimiento certero de muñeca lanzamos nuestros cuchillos preferidos.
Treinta centímetros le atravesaron la carótida.
Yo no tuve tanta suerte.
lunes 2 de junio de 2008
La Estancia
La pared es blanca. Tu eres blanca.
La pared está desnuda. Tu estás desnuda.
En la pared rebotan los pensamientos. Tu me ignoras.
La pared está desnuda. Tu estás desnuda.
En la pared rebotan los pensamientos. Tu me ignoras.
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